Mascotas que sanan

Por: Fernando Diaz Granados

No tenía idea de lo que estaba pasando. Solo veía la pre- ocupación en el rostro de mis padres. Yo no dimensionaba la gravedad de lo que ocurría en mi cuerpo. A mis 13 años de edad solo pensaba en jugar, estudiar y en lo que sería cuando grande. Que te digan que tienes cáncer en la vejiga en un estadio tres, con solo un 20% de posibilidades de sobrevivir es una noticia impactante. Al poco tiempo solo me preguntaba ¿por qué yo?”

Así inicia su historia Marco Antonio Díazgrana- dos, un joven barranquillero que en 1994 vio su vida pender de un hilo ante una realidad mucho más grande que él. Hoy, completamente sano, reside desde hace varios años en Canadá con su esposa Johana y su hija Sophia, desde donde contó a la revista petLovers Caribe cómo gracias a Dios, al apoyo de su familia, amigos, médicos y a un ‘ángel’ llamado ‘Black’, pudo ganarle la batalla a una enfermedad que parecía le arrebataría su vida.

“A pesar del diagnóstico cial de algunos médicos que prácticamente me desahuciaron, inicié un tratamiento de quimioterapias y radioterapias con el doctor David Tarud. Se me cayó todo el cabello, perdí mucho peso y fuerza, comía poco, se me bajaron las defensas, fue un proceso duro pero que pude vencer. Decidí, con el apoyo de mis papás, no dejar de ir al colegio; mis compañeros y profesores fueron de gran ayuda en ese momento”, nos relató Marco.

Para su mamá Betty García, la clave para el éxito del tratamiento depende de una actitud positi- va del paciente, la unión de los padres, apoyo familiar y amigos, el seguir los consejos de los médicos para los cuidados especiales y una gran dosis de fe en Dios. “Para mantenerlo animado accedimos a su petición de tener una mascota, un Labrador que creció y se hizo más fuerte y grande que él, pero con su gran amor logró lle- narle el corazón”, recuerda.

Y agrega que aunque algunas personas les decían que no debían tener perro debido a las defensas bajas de su hijo, “si uno mantiene al perro aseado, vacunado, no hay problema con eso. Además, el amor que la mascota entrega es mucho más grande que el posible riesgo”.

Con la voz entrecortada de sentimiento, Marco nos reveló cómo fueron esos años al lado de su amigo ‘Black’: “al conocerlo fue amor a primera vista, llegó a mi vida cuando habían trans- currido seis meses de tratamiento y llenó ese vacío que sentía a pesar de tener a mi familia y amigos apoyándome. Siempre estaba a mi lado, se recostaba en mi regazo cuando regresaba de las quimioterapias y me animaba; él percibía cómo me sentía, su mirada de consuelo era algo indescriptible. Fue un ‘ángel’ que llegó cuando más lo necesitaba, fue esencial para mi recuperación, sumado a Dios y la unión familiar, una combinación perfecta”.

“Un día estando en casa de mi tía –por su tamaño no podíamos tenerlo siempre en nuestro apartamento-, salió sin darnos cuenta y no volvimos a verlo. Fue un momento triste, pero entendí que seguramente estaba acompañando a alguien que lo necesitaba más, para poder ser una luz como lo fue en mi vida”.

Tras la partida de ‘Black’, Marco no tuvo una nueva mascota sino hasta casarse. “Estando de novios le regalé a Johana a ‘Nahomi’, una French Poodle que nos acompañó dos años. Luego cuando nos fuimos a Bogotá ya casados, adop- tamos a ‘Fiona’, una Beagle hermosa que estuvo con nosotros por tres años. Y en un aniversario de matrimonio le regalé a ‘París’, una Yorkie que vivió en nuestro hogar por 8 años; aún estamos pasando el luto de perderla hace poco, especialmente mi hija que la vio desde pequeña. Han sido muchos ‘ángeles’ especiales que han pasado por mi vida”.

Los padres de Marco de nen la sanidad de su hijo como “un milagro, fruto de la misericordia de Dios”. Hace 22 años se unieron a una asociación de padres que trabaja para apoyar a familias que se enfrentan al cáncer infantil (Asocia- ción Milagro de Vida - ASOMIVI). “Algunas veces durante el proceso los niños se tornan agresivos y rebeldes, siendo la tenencia de una masco- ta de gran ayuda para calmarlos y alegrarlos; se refugian en ella para salir adelante, por eso recomendamos a los padres que si tienen las condiciones le den ese regalo a sus hijos, es la mejor terapia”.

El don de fe es un regalo de Dios que se ma- ni esta en una con anza inquebrantable en lo que El es y puede hacer; una actitud permanente de entrega a su voluntad. Iris Torres Cente- no es un ejemplo vivo de ese don en acción. En 1993, a sus seis años de edad, fue diagnosticada con Leucemia Linfática Aguda, un cáncer que amenazaba con quitarle la vida, pero que no podría arrebatarle su esperanza.

“Le pedí a Dios que me sanara, que pusiera su mano poderosa sobre el médico David Tarud para que cada inyección que él me aplicara fuera puesta por Dios mismo. Cada vez que el doctor o las enfermeras iban a inyectarme, les pedía que rezaran el Padre Nuestro; ellos lo hacían y eso me tranquilizaba. Puse toda mi con anza en El y me sanó”, nos reveló Iris con una voz y alegría únicas.

A sus 30 años de vida, la vitalidad y expresión de Iris son de una mujer de 16 años, porque literalmente volvió a nacer al sobreponerse a las enfermedades y pruebas que ha vivido. A los 8 años edad, ya sana del cáncer, la muerte de su hermana de apenas 20 años y un fuerte golpe en su cabecita al regresar a su pueblo Guamal, Magdalena, pusieron nuevamente a prueba su fe.

“Mi cabeza se torció y tenía convulsiones. Se me olvidó, leer y escribir, los médicos querían operarme, pero les dije que sería Dios quien me sanaría. Oraba con el Dr. Nicolás Laza, con mi familia y amigos, y vi nuevamente su poder obrar en mi vida”, nos relató con la voz entrecortada.

Durante su tratamiento del cáncer su herma- no le regaló un Lobo Siberiano, un perro con el que jugaba y se divertía, haciéndole olvidar su enfermedad. Luego llegaron a su vida ‘Luz’ y ‘Lucy’, una French Poodle y una Dálmata que fueron su apoyo y compañía durante los seis años de convalecencia.

A los 18 años decidió dejar de tomar el me- dicamento que aminoraba sus convulsiones. “Luego de un tiempo de ayuno y mucha oración, dejé de tomar la medicina, las convulsiones se fueron y el Señor mostró que para El no hay imposibles”.

Y agrega: “me propuse como meta salir adelante, alcanzar mis sueños, demostrar que las limitacio- nes están en la mente. Oré a Dios por sabiduría e inteligencia, y me lo dio. Pude terminar la pri- maria, bachillerato y ser una estilista profesional”.

Hoy Iris es una mujer sana, con un carácter rme y dulce. Sus mascotas actuales son unos pericos que adora y cataloga como un regalo de Dios. “Soy una cristiana entregada a Dios, lo alabo más que nunca porque el amor, la fe y la con anza en El mueven montañas”.

 

Revista petLovers Caribe

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EDITORIAL

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